EDGAR OREJUELA JORDAN
Domingo 7 de agosto, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano

Amigos payaneses:

Gloria Cepeda Vargas ha escrito una admirable página
sobre "El último lord payanés" Edgar Orejuela Jordán.
Disfrutémosla.

Cordialmente,

***

Las huellas errantes de Edgar Orejuela
Por Gloria Cepeda Vargas
Especial para
El Liberal
Domingo 31 de julio, 2005

Dice Ortega y Gasset que ‘El hombre es él más su circunstancia’. Parafraseándolo podríamos afirmar que el producto artístico está representado en lo que es, más la identidad que le imprime el autor. La periodista Itsmenia Ardila reafirma este concepto al describir a Edgar Orejuela como ‘El último lord payanés’.

Hoy, en la cima de sus productivos 88 años, sigue escribiendo poesía, cuento, ensayo y novela. Autor de los poemarios titulados ‘Llamarada’ (Bogotá, 1961), ‘Meridiano otoñal’ (1979), ‘Antología poética y el tiempo recobrado’ (1992), ‘Dianas al atardecer’ (1997) y de la obra en prosa ‘Popayán 20 años después’, conoce a fondo las normas protocolares. Durante muchos años asesoró en ese campo a diferentes gobiernos regionales. Producto de tales actividades es su ‘Manual de ceremonial diplomático’, publicado en el año 2003. Actualmente trabaja en la elaboración de la que será su novela más reciente: ‘El tiempo que se pudre en los rincones’.

Condecorado con el Escudo de Popayán en la categoría de Payanés Distinguido, el Escudo del Trisesquicentenario de Popayán y la Alcayata de Oro de la Junta pro Semana Santa, exhibe sin alarde la mejor presea: su calidad de talentoso escritor y ciudadano ejemplar.

No es fácil asumir con acierto la doble condición de poeta y narrador. La poesía es un género libre. La narrativa en cambio debe fluir sin excederse. Hijas ambas de la implacable soledad humana, hacen de la palabra catarsis necesaria.

Orejuela Jordán emprende con fortuna esta doble aventura, hoy traducida en sus obras poética y en prosa, deslindada ésta en quince cuentos, diez notas descriptivas bautizadas con el nombre de Escolios, un conjunto de seis semblanzas correspondientes a ilustres personajes de Colombia y el mundo y una novela titulada ‘El avatar de los caminos’.

En esa estación desbordada que denominamos corpus poético, nada nos recuerda la estirpe ibérica con mayor contundencia que el romance. Por algo en su momento cimero llevaron ese nombre las novelas de caballería. Leve y desenfadado, se cuela por cualquier orificio del alma. ‘Romance del eterno retorno’ (Homenaje a la poetisa payanesa Angela de Valencia): “No tiene angustia por irse/ porque siempre ha de quedarse/ entre la gloria del día/ y en el perfil de paisaje” o “Romance en negro”: “Natanael el poeta/ se murió de muerte lenta/como el corazón de un loto/ sobre una laguna yerta”, son, con ‘Romance de los pobres del mundo’ y ‘Romance del olvido imposible’, ejemplos de lo que significa este poema bien logrado.

Si de acuerdo a la definición tradicional, el disparatorio es ‘Un escrito lleno de disparates’, esta descripción falla cuando se trata de catalogar los escarceos verbales del payanés Alberto Mosquera. Sus extraños experimentos poéticos cabalgan a su antojo en las más accidentadas llanuras del idioma. El autor, en su ‘Responso para el poeta de los disparatorios, Alberto Mosquera’, demuestra habilidad consumada al balancearse sobre las palabras que después de saltar al vacío y retomar el rumbo, se quedan detenidas en versos que fluctúan entre una y ocho sílabas osadamente distribuidas: “Alberto/ Mosquera/ poeta/ incisivo/ ya/ hiciste/ el empalme/ con la/ eternidad”.

Hay en este libro textos de mirada crítica sobre la realidad social de América: “En la historia ondulante de esta América indiana/ tú fuiste ¡Oh Guatemala! Capitana mayor” (‘Mi canción a Guatemala’) y cantos alusivos a la madre campesina, tótem o icono que abona la sustancia de nuestra cultura rural: “Era una madre campesina/ hecha de roble y de retama/ de amanecer y de cisterna/ de mandamientos vegetales”. (‘Loa a la madre campesina’).

El ensayo literario tiene origen preclaro. Fruto del estudio y la meditación de Miguel de Montaigne, atestigua el alcance histórico de la civilización occidental con énfasis en la importancia que tiene la búsqueda de la verdad en la vida del hombre. Hoy se le reconoce como un tratado sin fronteras.

En la sección denominada ‘Personajes’ (Pág. 185), brillan con luz propia tres ensayos titulados respectivamente: ‘La Purísima’, ‘La influencia de Francisco de Asís en las Artes Mayores, siglos XIII y XIV’ y ‘El idioma de Castilla la Vieja’.

El primero constituye una mezcla de erudición y talento. La exploración del tema concerniente a un personaje que como el encarnado en la Virgen María, crece en las entrañas de una de las doctrinas más poderosas del planeta, demanda conocimiento de la epopeya humana y perspicaz mirada crítica.

Discurre aquí el personaje como ‘Primera manifestación de la divinidad en la tierra’. Al margen de abstrusas conclusiones teológicas o filosóficas, la Purísima se abre a la pequeñez de nuestro entendimiento. Es ‘Tabernáculo exento a toda corrupción’. Doncella erguida más allá de la limitación humana. Matrona que sublima fábula e historia en páginas de vuelo extraordinario.

En el segundo capítulo, Francisco de Asís levita sobre las estulticias y las miserias de su época.

El tributo rendido a la faena desarrollada por el hermano de hombres, mujeres, niños y bestezuelas, traduce su preocupación por el destino de los humildes como piedra sillar de una obra ecuménica que convirtió a la bárbara criatura medieval en precursora de la evolución intelectual y espiritual del mundo.

‘El idioma de Castilla la Vieja’, rescata el brillo del origen en su fonología y compás a exaltar la música silábica que nos identifica en el concierto universal. Y son entonces Alfonso el Sabio y Antonio de Nebrija alimentando el mismo cauce. La gestación y el alumbramiento que hicieron de los vastos secanos de Castilla los fundadores de nuestra tradición.

El clasicismo que empieza a inclinarse sobre los clavicordios modernistas, se hace presente. Y si clasicismo es una corriente artística que preconiza la imitación del paradigma greco-latino, esta obra, como hija de nuestro mestizaje racial y cultural, ofrece un perfil nuevo.

Lejos del soneto grandilocuente, surge como producto de una lucha de siglos. El péndulo que oscila entre el despojo existencial y la idiosincrasia renuente a desaparecer, abre la puerta a un cambio saludable. De ese choque surge el poema dúctil y fresco que inaugura la casticidad latinoamericana.

En consecuencia, estos sonetos delatan la apertura auditiva del autor. Ni giros aleatorios ni adjetivos acomodaticios. Sólo los catorce versos de rigor alineados de acuerdo a la armonía audible y el equilibrio subterráneo.

Su música responde al llamado de su tiempo como segmento determinante. Aire renovador de principios del siglo XX la cruza, mezclado a la ponderación y gallardía que sellan su manera de transformar la realidad: “Divagas por el éter de fondos siderales/ y encuentras en su entraña los más finos metales” (‘Una ciudad siempre presente’).

El conocimiento del escritor acerca de personajes y fastos históricos, traduce apenas el complemento de la idea. Como sucede a toda obra nacida del abismo subconsciente, esta fronda de versos, reflexiones y epílogos, es, en totalidad, inclasificable a la sola luz de la razón.

Huellas errantes’ representa la autobiografía entrañable del autor. Resaca del oleaje donde venimos dando tumbos, la palabra poética surge como testimonio de este viaje sin tiempo ponderable. Por eso la crítica la encasilla en las llamadas corrientes literarias, como el único recurso que posee para padecerla sin desfallecer.

Poesía libre y navegante. Palabra consagrada en su más noble oficio. Tributo filial ofrecido por Edgar Orejuela Jordán a una ciudad que en palabras de Silvio Villegas, ‘Sólo puede evocarse en la melancolía del recuerdo’.